Expectativas, responsabilidad social y lenguaje científico
En la última década, la medicina ha avanzado a una velocidad sin precedentes. Inteligencia artificial aplicada al diagnóstico, terapias génicas, medicina personalizada, nuevos biomarcadores y tratamientos innovadores aparecen constantemente en titulares, congresos y redes sociales. Sin embargo, este progreso acelerado ha traído consigo un reto igual de grande: cómo comunicar estos avances de manera responsable, comprensible y ética, sin generar falsas expectativas ni caer en la sobrepromesa.
La comunicación médica ya no es solo un ejercicio de divulgación. Hoy es un acto con impacto directo en decisiones clínicas, percepciones públicas, confianza social y políticas de salud. Por ello, comunicar ciencia implica una responsabilidad que va mucho más allá del marketing o la difusión de noticias. Implica ética, contexto, rigor y conciencia social.
La comunicación médica como responsabilidad ética y social
Comunicar avances médicos no es un acto neutral. Cada mensaje sobre un nuevo tratamiento, una tecnología emergente o una investigación prometedora puede influir en la manera en que pacientes, familias, profesionales de la salud y tomadores de decisiones comprenden la realidad médica. En este sentido, la comunicación en salud se convierte en un acto ético, porque afecta directamente la autonomía, las expectativas y, en muchos casos, decisiones vitales.
Desde la bioética, se reconoce que la información en salud debe regirse por principios como la beneficencia, la no maleficencia, el respeto por la autonomía y la justicia. Esto significa que no basta con que un mensaje sea atractivo o fácil de consumir. Debe ser verdadero, equilibrado, contextualizado y honesto. Exagerar beneficios, minimizar riesgos o presentar resultados preliminares como soluciones definitivas puede generar daños reales, desde frustración y pérdida de confianza hasta decisiones médicas inapropiadas o abandono de tratamientos efectivos.
En un entorno mediático dominado por titulares llamativos y métricas de atención, la tentación de simplificar en exceso o de “vender esperanza” es alta. Sin embargo, cuando se trata de salud, la esperanza mal comunicada puede convertirse en una forma de desinformación. La literatura científica sobre ética de la comunicación médica subraya que incluso las omisiones —no explicar límites, no aclarar incertidumbres o no mencionar conflictos de interés— pueden ser tan problemáticas como las afirmaciones falsas, ya que distorsionan la capacidad de las personas para tomar decisiones informadas.
Además, la comunicación médica tiene una dimensión social. Moldea la percepción pública de la ciencia, influye en la confianza hacia las instituciones sanitarias y condiciona la relación entre pacientes y profesionales. En contextos de crisis sanitaria, una comunicación poco clara o excesivamente optimista puede erosionar rápidamente la credibilidad científica y alimentar la desinformación. Por ello, comunicar bien no es solo una cuestión de estilo, sino una responsabilidad social con impacto directo en la salud pública.
El riesgo de la sobrepromesa en un contexto de innovación acelerada
La sobrepromesa aparece cuando un avance médico se presenta como más eficaz, más cercano o más definitivo de lo que la evidencia científica disponible permite afirmar. Este fenómeno es especialmente frecuente en áreas de alta innovación como la genética, la oncología, la inteligencia artificial o la medicina regenerativa, donde los resultados preliminares suelen ser prometedores, pero aún inciertos en su aplicación clínica real.
La ciencia avanza por etapas bien definidas: estudios preclínicos, ensayos clínicos en distintas fases, validaciones posteriores, revisiones por pares, replicación de resultados y, finalmente, incorporación a guías clínicas. Sin embargo, en el ecosistema mediático estas etapas suelen colapsarse en un solo titular. El matiz se pierde y, con él, la comprensión real del proceso científico.
Este tipo de comunicación puede generar efectos negativos. En primer lugar, expectativas irreales en pacientes, que interpretan hallazgos experimentales como opciones terapéuticas disponibles. En segundo lugar, presión indebida sobre los profesionales de la salud, que deben explicar por qué algo ampliamente difundido aún no es viable. Finalmente, puede generar desconfianza hacia la ciencia cuando las promesas no se cumplen en los tiempos o formas esperadas.
La sobrepromesa también distorsiona prioridades en investigación y financiamiento, favoreciendo proyectos con mayor atractivo mediático sobre aquellos que, aunque menos espectaculares, generan un impacto sostenido en la salud pública. En este sentido, comunicar sin exagerar protege tanto al paciente individual como al ecosistema científico en su conjunto.
Es importante reconocer que la incertidumbre es parte estructural de la ciencia. Aceptarla no debilita el mensaje. Por el contrario, lo fortalece. Explicar qué se sabe, qué no se sabe aún y qué falta por investigar contribuye a una relación más madura entre la sociedad y la ciencia, basada en confianza y no en promesas infladas.
Cómo construir una comunicación médica clara, rigurosa y responsable
Frente a estos desafíos, la solución no es comunicar menos, sino comunicar mejor. Una comunicación médica responsable parte de principios fundamentales. El primero es la contextualización de la evidencia. No todos los estudios tienen el mismo peso ni todos los resultados implican un cambio inmediato en la práctica clínica. Explicar en qué fase se encuentra una investigación, cuáles son sus limitaciones y qué falta por confirmar es clave para evitar interpretaciones erróneas.
El segundo principio es el uso de un lenguaje claro pero preciso. Traducir términos técnicos no significa eliminar la complejidad, sino hacerla comprensible sin traicionar su significado. Hablar de probabilidades, riesgos, beneficios relativos y absolutos, así como explicar conceptos básicos de metodología científica, contribuye a una mayor alfabetización en salud y a una audiencia más crítica e informada.
El tercer principio es la transparencia. Informar sobre conflictos de interés, fuentes de financiamiento, limitaciones del estudio y posibles sesgos es una práctica ampliamente respaldada por los códigos de ética en publicaciones científicas. Esta transparencia es esencial para preservar la credibilidad tanto de los comunicadores como de las instituciones involucradas.
Finalmente, es clave reconocer el papel de los espacios profesionales y digitales —congresos, eventos médicos, revistas y plataformas digitales— como puentes entre la ciencia y la sociedad. Estos espacios no solo difunden información, sino que también modelan cómo esa información es interpretada. Utilizados con rigor y responsabilidad, pueden convertirse en herramientas poderosas de educación y construcción de confianza.
Comunicar avances médicos complejos sin caer en la sobrepromesa no es una tarea sencilla, pero sí una de las más importantes en la medicina contemporánea. En un mundo saturado de información, la diferencia entre informar y desinformar suele estar en el matiz, el contexto y la honestidad intelectual. La ciencia necesita entusiasmo para avanzar, pero también prudencia para no perder la confianza de la sociedad a la que sirve.
Referencias
- Brown et al., The ethics of expert communication, Bioethics.
- South & East Metropolitan Health Service Library, The ethics of health communication.
- Lawongsa K., et al., Avoiding deception and nondisclosure in clinical practice.
- ISMPP Code of Ethics for Medical Research Publication.
- AMWA Code of Ethics: Medical communication roles & responsibilities.
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